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A menudo relacionamos las bacterias con algo negativo, pero lo cierto es que esta asociación no es del todo correcta.

Las bacterias están presentes en infinidad de sitios. De hecho, forman parte de alimentos fermentados tan populares como el queso, el pan, las olivas o el yogur y de bebidas como el vino y la cerveza.

También tenemos multitud de bacterias formando comunidades dentro de nuestros organismos desde el momento en que nacemos, y en números nada desdeñables. En la boca, por ejemplo, viven más bacterias que gente hay en el mundo.

Las bacterias buenas y las malas

Como en todas las comunidades, hay bacterias buenas y otras que no lo son tanto, pero lo cierto es que mayormente está en nuestra mano mantener a raya a las bacterias dañinas y velar por la seguridad de las bacterias que nos aportan beneficios.

Quizás hayas escuchado hablar de los probióticos, o alimentos con microorganismos vivos que ayudan al equilibrio de la microbiota intestinal. Lo cierto es que una alimentación saludable y variada es una de las principales maneras de mantener este equilibrio.

Tener una dieta sana favorece que las bacterias vivan en armonía dentro de nuestro organismo y fomenta los enterotipos, grupos de bacterias capaces de producir vitaminas, mejorar la absorción de los alimentos y proporcionar energía.

El impacto positivo de las bacterias

Además de los beneficios que nos aportan los enterotipos, una microbiota sana puede ayudarnos a disminuir la inflamación, reducir nuestra predisposición a sufrir enfermedades crónicas como la diabetes o la obesidad e incluso apoyar nuestra salud mental.

Las bacterias son decisivas en las conexiones neuronales, y su falta puede inducir a la ansiedad y otros problemas. La ingesta de algunas bacterias se empiezan a plantear como terapias para tratar la depresión, cognición y comportamientos relacionados con el autismo.

El peligro de los procesados

Por otra parte, cada vez tenemos más tentaciones a nuestro alcance que nos ponen difícil lo de comer sano. Por ejemplo, los alimentos procesados que encontramos en todos los supermercados llevan multitud de conservantes, lo que mata a las bacterias malas, pero también a las buenas.

Tampoco ayuda que en las sociedades occidentales nuestra dieta tiende a ser cada vez más alta en grasas y azúcares y más baja en fibra. Solo tienes que echar la vista atrás y compararla con cómo comían nuestros abuelos e incluso nuestros padres para ver la diferencia.

La solución está en tu plato

La buena noticia es que es posible modificar tu microbiota con la alimentación, y de una forma más rápida de lo que piensas. Estudios con ratones han demostrado que 24 horas son suficientes para empezar a ver cambios en la microbiota intestinal tras un cambio de dieta.

Así que no lo dudes. Asegúrate de comer en abundancia el tipo de alimentos que favorecen el equilibrio de la microbiota intestinal, como las verduras, las frutas, los frutos secos crudos y los fermentados, como yogur, kefir, miso, kimchi o choucroutte.

Imagen de Pawel Czerwinski en Unsplash.